Necesidad de una dependencia y una confianza profunda en la abundante misericordia y gracia de Dios

by Bishop William Joensen | July 8, 2026

Bishop William Joensen shares his column called "Declaration of interdependence" as translated into Spanish

Cuando murió Abigail Adams, esposa de John Adams y niña de sus ojos durante 54 años de matrimonio, el 28 de octubre de 1818, el expresidente de los Estados Unidos estaba hundido en un profundo dolor, pero sin doblegarse ante la pena de la muerte. Entre aquellos quienes le consolaron estaba el autor y compañero f irmante de la Declaración de Independencia , Thomas Jefferson, quien durante los años posteriores al 4 de julio de 1776 se convertiría tanto en el feroz rival político de Adams, así como amigo sincero. En respuesta a la carta de condolencia de Jeffeson, Adams respondió, “Mientras vives, parece que tengo un banco en Monticello de donde puedo retirar una carta de amistad o de entretenimiento cuando me place.”

Admas continuó, “Creo en Dios y en su sabiduría y benevolencia y no puedo concebir que tal Ser pueda hacer una especie como la humana, simplemente para que viva y muera en esta tierra. Si no creyera en un estado futuro, no creería en un Dios. Este universo, este todo, esta [totalidad] aparecería con toda su gallardía como un fuego artificial infantil” (McCullough, John Adams, pág. 625).

Se lanzaron los fuegos artificiales con elevado fervor y festividad este 4 de julio, cuando celebramos el 250 aniversario de la firma del documento que marca la fundación oficial de nuestro país. Espero que a frase de apertura de la Declaración este grabada en la consciencia de todos los americanos: “Sostenemos como evidentes estas verdades, que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.”

No compartimos las mismas disposiciones religiosas de muchos de nuestros Padres Fundadores, incluyendo a Adams y a Jefferson, cuya noción de Dios veía la marca de un Deísmo impersonal y racionalista que informaba a gran parte de las Revoluciones Americana y Francesa. Aún así, el reconocimiento de estas verdades evidentes es el marco interior sobre el cual aún se sostiene nuestra República a pesar de los períodos tumultuosos que hemos vivido—incluyendo la cultura social y política tan áspera y antagónica en la que vivimos actualmente.

El difunto jesuita, Padre John Courtney Murray, identificaba famosamente estas verdades como el tejido del experiment americano. Como lo resumió el autor y teólogo George Weigel, éstas incluyen los iguientes componentes: (1) Dios es Soberano sobre de todas la naciones así como sobre los individuos; (2) La persona humana tiene la capacidad otorgada por Dios para autogobernarse; (3) El gobierno justo se logra, por medio y con el consentimiento de los gobernados; (4) Hay un sentido inherente de justicia en las personas por el cual tienen el poder de juzgar, dirigir y corregir los procesos del gobierno; y finalmente (5) solamente la gente virtuosa puede ser libre (referencia a Murray en el libro de Weigel, Año Centésimo: La Arquitectura de la Libertad, págs. 19-21).

Celebramos y defendemos estas verdades al celebrar la solidez de nuestra nación en la cual, “de los muchos, uno,” ha perdurado una forma de gobierno democrático por 250 años. También meditamos sobre la vulnerabilidad y fragilidad que surgiría si prevalecieran las voces que claman negando estas verdades.

Podremos protegernos contra cualquier incursión de tiranía solamente si reconocemos que todos somos hijos amados del Dios cuya sabiduría y bondad es el porqué de nuestra existencia, cuyo reclamo por nuestra devoción y obediencia tiene precedente sobre cualquier autoridad política. Solamente moldeando y refinando nuestro sentido de justicia inherente a la naturaleza humana, podremos ofrecer un consentimiento válido los seres razonables que participamos en la propia ley eterna de Dios que nos guía a la plenitud. Solamente entonces podremos ofrecer juicios objetivos a las acciones de nuestros oficiales electos y designados, corrigiéndoles y redireccionándoles cuando sea necesario.

Porque cada uno de nosotros que estamos asolados por el interés propio, tendemos a aminorar nuestro deber para con nuestro prójimo y convirtiendo supuestos ‘derechos’ en privilegios y beneficios que disminuyen la oportunidad de otros para buscar la felicidad. Todos nosotros necesitamos una conversión continua—tal vez ahora más que nunca—en donde permitimos que la Buena Nueva revelada por Dios con la intención de salvarnos para sí mismo a que primero convenza nuestras consciencias y luego nos lance a encuentros profundos y personales con el rostro y corazón misericordiosos de Jesús en los sacramentos y con nuestros conciudadanos y Nuestro prójimo. Es solamente por la gracia de Cristo que Podemos hacernos agentes virtuosos que pueden verdaderamente ser capaces de vivir, amar, y promover una sociedad en donde la libertad resuena, más allá de cualquier esfuerzo moral, disciplina de autoayuda o régimen terapeuta.

En junio, los obispos católicos de nuestra nación expresaron esta necesidad de una dependencia y una confianza profunda en la abundante misericordia y gracia de Dios. Por eso, Unidos como un solo colegio de obispos, consagramos a los Estados Unidos al Sagrado Corazón de Jesús y hemos exhortado a todos los párrocos y parroquias de la Diócesis de Des Moines a hacerlo con ustedes, el pueblo de Dios. En el espíritu de San Juan Pablo II y el Papa Francisco reconocemos, “En unión con Cristo, a pesar de las ruinas que hemos dejado en este mundo por nuestros pecados, estamos llamados a construir una nueva civilización de amor.” “A pesar de la devastación creado por el maligno, el corazón de Cristo desea que cooperemos con él para restaurar la bondad y la belleza de nuestro mundo” (Francisco mencionando a Juan Pablo II, Dilexit nos, no. 182).

 

Nuestra oración de consagración misma es una “Declaración de Interdependencia” espiritual, donde damos gracias a Dios por los abundantes dones que ha dado a esta nación, pero también imploramos humildemente a Dios, “Que nuestros corazones se unan al tuyo, para que nuestras familias y comunidades gocen de paz y felicidad; que las relaciones dañadas se reconcilien, las injusticias se reparen y las heridas de nuestra tierra se sanen.”

Entre las virtudes esenciales para que los Estados Unidos consigan su promesa fundacional de que todas las personas puedan prosperar en libertad y en fe es la virtud que demuestra la relación entre Adams y Jefferson, la virtud de la amistad civil y espiritual que se sobrepone a toda rivalidad, orgullo y disentimiento. De forma providencial, en su encíclica recién publicada Magnifica humanitas (MH), el Papa León XIV pone por delante la grandeza de la humanidad como lo dispone Dios de frente a la creciente influencia de la IA, inteligencia artificial. Él nos llama a redoblar nuestro sentido de solidaridad y preocupación por personas reales que viven a nuestro alrededor. El Papa nos exhorta: “Invito a contemplar en el rostro del Hijo una magnífica humanidad que también ilumina la época de la IA. En Cristo comprendemos que el hombre está llamado a ser colaborador en la obra de la creación, y no espectador resignado ante los procesos tecnológicos que limitan su libertad y su responsabilidad. La dignidad que el Espíritu Santo esculpe en cada uno de nosotros se reconoce también en la capacidad de reflexionar críticamente, de elegir y amar gratuitamente, y de establecer relaciones auténticas” (Leo, MH no. 233). “Lo que salva lo humano no es la autosuficiencia potenciada, sino una relación que libera, una comunión que transforma.... El futuro de una persona no es calculable, sino que está confiado a su libertad ―elevada por la inagotable gracia divina― y a las relaciones que cultiva” (MH n. 128). ¿No es acaso ya esa nuestra misión aquí en la Diócesis de Des Moines: “cultivar conexiones en Cristo”?

Les exhorto vigorosamente a que exploren el mensaje del Papa León tratando sobre la intersección de la identidad humana y la inteligencia artificial—tal vez haciéndolo parte de sus lecturas espirituales de este verano: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html .

En las celebraciones veraniegas relacionados con el 250 aniversario de la fundación de nuestra nación, no cabe duda que habrá numerosos coros de “Dios Bendiga a América” que se canta en los estadios, en los lugares históricos, desfiles e iglesias. Para mí, encuentro un gusto y esperanza particular por esta República cantando estas estrofas de “América la Hermosa”: “América, América, que Dios remedie todos tus defectos; Confirma tu alma en autocontrol, tu libertad en la ley.” “América, América, que Dios refine tu oro, hasta que todo éxito, sea nobleza, y toda ganancia divina.”

Bishop William Joensen

Born in 1960, Bishop Joensen completed studies at the Pontifical College Josephinum in Ohio and was ordained a priest in 1989. He earned a doctorate in philosophy at The Catholic University of America in Washington, D.C. in 2001. He has served in parishes, as spiritual director at St. Pius X Seminary in Dubuque and in a variety of roles at Loras College in Dubuque.